Hay frases que envejecen especialmente rápido cuando hablamos de tecnología.

“Esto tardaremos años en verlo.”
“Esto todavía está muy verde.”
“Ya veremos si acaba llegando.”

Y es comprensible. Durante décadas, la evolución de nuestro sector ha seguido un ritmo relativamente reconocible. Han mejorado los productos, los instrumentos, los procesos de fabricación, la forma de comunicarnos, la apariencia de los establecimientos… pero una óptica de hace veinte años y una óptica actual continúan compartiendo muchísimas cosas.

Aunque ahora tengo la sensación de que el ritmo ha cambiado. ¿No os pasa?

Y no es casualidad. En los últimos años han coincidido avances enormes en inteligencia artificial, capacidad de procesamiento, miniaturización de componentes, nuevos materiales, sensores, conectividad o tecnologías de fabricación. Innovaciones que avanzaban por caminos separados empiezan a encontrarse y, cuando eso ocurre, las posibilidades se multiplican.

De repente, proyectos que hace apenas unos años pertenecían más a nuestra imaginación que a nuestras expectativas reales empiezan a ser técnicamente posibles. Algunas ideas han conseguido salir del laboratorio y llegar al mercado. Otras empiezan a tomar forma en prototipos que ya podemos ver y tocar. Y seguramente muchas se quedarán por el camino para dar paso a otras que todavía ni siquiera imaginamos.

Es difícil saber hasta dónde llegará todo esto. Pero precisamente ahí está lo apasionante del momento que estamos viviendo.

Creo que merece la pena observarlo con curiosidad.

No para salir corriendo a comprar el último aparato. Ni para incorporar tecnología porque sí. Ni mucho menos para asumir que todo lo nuevo será necesariamente mejor.

Para algo mucho más sencillo: saber qué está pasando.

Investigar. Preguntar. Probar. Ir a una feria y detenernos delante de aquello que no conocemos. Preguntar al proveedor qué está desarrollando. Leer. Contrastar.

Y después decidir.

Porque si algo nos está demostrando este momento tecnológico es que la distancia entre “esto parece ciencia ficción” y “esto ya existe” empieza a ser sorprendentemente corta.

¿Y si unas gafas pudieran enfocar solas?

Empecemos por algo que todavía no podemos comprar, pero que me parece fascinante por lo que plantea.

IXI es una compañía finlandesa que está desarrollando unas gafas con autofocus destinadas a compensar la presbicia.

Y cuidado, porque no estamos hablando de unas gafas que “se gradúan solas”.

Continúa existiendo una prescripción y una adaptación. Lo que cambia es lo que sucede después.

IXI trabaja con lentes de cristal líquido y un sistema capaz de seguir la mirada para adaptar dinámicamente la potencia en función de dónde está enfocando el usuario. La propuesta busca, por tanto, sustituir las zonas fijas de una lente progresiva convencional por una lente que modifica el enfoque según la distancia de visión.

Suena bastante futurista. Y lo es.

A día de hoy IXI continúa en fase de desarrollo. En noviembre de 2025 presentó un prototipo de montura de 22 gramos —sin contar las lentes— que incorpora la electrónica necesaria, y en enero de 2026 firmó una carta de intenciones con los grupos franceses Atol y Vizio, que representan conjuntamente más de 3.000 establecimientos, para explorar futuros pilotos comerciales y cómo podría integrarse este tipo de producto dentro del retail óptico.

Por tanto, pongamos cada cosa en su sitio: no es todavía un producto disponible en nuestras ópticas.

Pero tampoco es únicamente una idea. Tuve la suerte de poder ver el prototipo en Mido y la cosa promete, equilibrio entre tecnología, usabilidad y diseño.

Y ahí empieza lo interesante.

Si algún día una tecnología como esta llega al mercado, ¿cómo cambiará nuestra manera de abordar la presbicia? ¿Cómo será su adaptación? ¿Qué parámetros tendremos que considerar? ¿Cómo convivirá con las soluciones progresivas que conocemos actualmente?

No tengo las respuestas.

Ellos tampoco tienen todavía todas.

Pero alguien ya está trabajando en las preguntas.

Y solo por eso creo que merece la pena saber que existe.

A veces el futuro llega sin hacer demasiado ruido

Pensemos por un momento en las gafas inteligentes.

No hace tantos años parecían uno de esos productos tecnológicos que costaba imaginar que lo usaríamos con normalidad por la calle. Hoy se comercializan, pueden graduarse y han evolucionado enormemente en apenas unas generaciones.

La colaboración entre EssilorLuxottica y Meta es probablemente el ejemplo que todos tenemos más presente. La categoría ha pasado de incorporar fundamentalmente cámara y audio a integrar asistentes de IA, traducción, interacción con aquello que está viendo el usuario y, en los desarrollos más avanzados, incluso displays incorporados en la lente. En 2026 ambas compañías hablan ya de millones de usuarios de sus gafas con IA.

No quiero detenerme demasiado en ellas porque probablemente sean una de las tecnologías de este artículo que mejor conocemos.

Me interesan por otro motivo.

Son un magnífico ejemplo de velocidad.

Una tecnología que hace muy pocos años nos podía parecer lejana ha evolucionado hasta convertirse en una categoría comercial real.

Y esto debería despertar nuestra curiosidad ante todo lo demás.

Porque quizá algunas de las cosas que hoy observamos como prototipos no lleguen nunca.

Pero otras sí.

 

Hasta algo tan asentado como la refracción empieza a cambiar

La innovación no está ocurriendo únicamente en aquello que acabará llevando el usuario.

También está entrando en procesos profesionales que conocemos perfectamente.

La refracción es un buen ejemplo.

NIDEK, comercializada en España por INDO, cuenta ya con soluciones que plantean dos conceptos diferentes.

Por un lado, sistemas de refracción subjetiva asistida y automatizada, capaces de guiar al usuario durante el proceso mediante algoritmos, instrucciones de voz y sus propias respuestas, para que posteriormente se realice la comprobación y el ajuste profesional.

Por otro, la tecnología permite también realizar refracción a distancia: el óptico-optometrista continúa dirigiendo el examen y tomando las decisiones, pero puede controlar el equipamiento desde otra ubicación. NIDEK contempla ambas posibilidades dentro de su ecosistema de refracción computerizada.

No hace falta entrar mucho más en la tecnología para entender el cambio de concepto.

En un caso automatizamos parte del proceso. En el otro deslocalizamos al profesional que lo controla.

Y esto abre posibilidades muy interesantes para organizar nuestro trabajo.

No estamos hablando de prescindir del óptico-optometrista —en España su presencia en el establecimiento es obligatoria—, sino de pensar cómo estas herramientas pueden ayudarnos a aprovechar mejor los recursos profesionales: absorber determinados picos de trabajo, trabajar con un segundo gabinete, contar con el apoyo de otro optometrista o encontrar nuevas maneras de organizar determinados procesos.

Seguiremos haciendo refracciones. Lo que puede cambiar es cómo las hacemos.

 

¿Y si la inteligencia artificial fuera un compañero más?

Era imposible hablar de innovación en 2026 sin llegar a la inteligencia artificial.

Pero prefiero hacerlo con un ejemplo muy nuestro.

OPTOacademyOS es un ecosistema de herramientas, creado por Optoacademy, específicamente para profesionales de la visión que incorpora recursos relacionados con miopía, multifocales, visión binocular, ojo seco, contactología y otras áreas, además de asistentes basados en inteligencia artificial.

Y aquí lo que me interesa, más que hacer un listado de aplicaciones, es pensar en lo que representa.

Porque estamos empezando a disponer de herramientas capaces de ayudarnos a organizar información, realizar cálculos, consultar conocimiento, interpretar determinados resultados o acompañarnos en el razonamiento ante un caso.

¿Significa eso que la IA sustituye el criterio profesional? No.

Y, de hecho, la propia OPTOacademy es muy clara al respecto: sus aplicaciones son herramientas educativas y de apoyo, no productos sanitarios, pueden contener imprecisiones y cualquier resultado generado por IA debe ser revisado críticamente por el profesional.

A mí esto me lleva a pensar que en lugar de preguntarnos:

¿qué podrá hacer la inteligencia artificial en lugar de un optometrista?

Plantearnos:

¿qué podrá hacer un buen optometrista cuando además tenga buenas herramientas de inteligencia artificial?

Porque la diferencia es enorme. Tener acceso a más información no significa automáticamente saber más.

Hay que saber qué preguntar. Interpretar. Contrastar. Relacionar. Detectar cuándo algo no tiene sentido. Aplicarlo al caso que tenemos delante. De hecho, estamos entrenando a la IA con nuestras consultas del día a día y para ello hay que tener criterio y capacidad para valorar si las respuestas son correctas o no.

Y quizá esta sea una de las paradojas más bonitas de esta nueva etapa: cuanto más potentes sean nuestras herramientas, más importante será nuestra formación para poder utilizarlas bien.

No veo ahí una amenaza. Veo posibilidades.

 

Innovar también puede ser algo mucho más sencillo

Después de hablar de autofocus, refracción automatizada e inteligencia artificial podríamos tener la sensación de que innovar implica siempre una enorme inversión tecnológica.

Y no.

También podemos innovar haciendo más fácil algo que hasta ahora resultaba complicado.

Grupo Prats acaba de lanzó en ExpoÓptica PRATS Sun Select, una herramienta que permite fotografiar al cliente con la montura elegida y visualizar sobre ella diferentes opciones de lentes solares antes de encargarlas.

La aplicación utiliza IA para simular más de 100 posibilidades entre colores uniformes, degradados, espejados y polarizados.

Puede parecer mucho menos espectacular que unas gafas con autofocus. Pero pensémoslo desde el punto de vista del cliente: agilizamos procesos, ampliamos opciones, creamos experiencia y esto también es innovación.

Me interesa especialmente este ejemplo porque nos recuerda algo que a veces olvidamos cuando hablamos de innovación en óptica: no todo ocurre dentro del gabinete.

Podemos innovar en la experiencia de compra, en la comunicación, en la gestión, en la atención o en la manera de presentar un producto. No se trata de acumular tecnología. Se trata de encontrar herramientas que solucionen problemas al igual que hacemos con nuestros clientes.

 

Y ahora sí: vayamos un poco más lejos

Hasta aquí hemos visto tecnologías que ya se comercializan, herramientas que ya pueden utilizarse y desarrollos que intentan dar el salto al mercado.

Ahora permitidme que me vaya un poco más al futuro. Porque lo que está ocurriendo con las lentes de contacto inteligentes merece, como mínimo, que levantemos una ceja.

XPANCEO es una compañía deep-tech con sede en Dubái que está investigando diferentes tecnologías destinadas a integrarse algún día en una lente de contacto inteligente.

Y vuelvo a hacer aquí la misma puntualización que hice con IXI: no estamos hablando de un producto comercial.

Estamos hablando de investigación, prototipos y desarrollo.

XPANCEO ha trabajado ya en más de 28 prototipos para resolver diferentes piezas del enorme puzle tecnológico que supone integrar electrónica directamente sobre el ojo. La compañía prevé realizar a principios de 2027 la primera demostración pública de un prototipo integrado en el que funcionen conjuntamente display, alimentación, conectividad y sensores.

¿Y qué están intentando hacer?

Entre otras cosas, integrar microdisplays, sistemas de alimentación inalámbrica, microbaterías, electrónica flexible y transparente y sensores capaces de trabajar con determinados parámetros y componentes presentes en el fluido lagrimal.

Y hay una parte que para nosotros, como sector óptico, me parece especialmente interesante.

XPANCEO incluye también la corrección visual dentro de su visión a largo plazo para las futuras lentes inteligentes, planteando incluso la posibilidad de que esa corrección pudiera adaptarse a las necesidades visuales del usuario.

Muchísimo cuidado con esto: no es una capacidad demostrada por el prototipo integrado anunciado para 2027. Forma parte de la visión tecnológica que la compañía está explorando. Pero acerca muchísimo el concepto a nuestro mundo y no deja de ser un dispositivo que estará en contacto directo con la superficie ocular.

No sabemos qué llegará finalmente al mercado, qué cambiará por el camino o qué se quedará en un laboratorio.

Pero pensad durante un segundo en la pregunta:

¿Qué entenderemos por una lente de contacto dentro de veinte años?

A mí me parece apasionante.

No se trata de tenerlo todo. Se trata de querer saber más.

Después de escribir este artículo, lo último que pretendo es que alguien llegue a la conclusión de que para preparar una óptica para el futuro hay que comprar todo lo nuevo que aparece. En absoluto.

No todas las tecnologías tienen sentido para todas las ópticas. Habrá inversiones fantásticas para determinados centros y completamente innecesarias para otros. Habrá tecnologías que triunfarán y otras que desaparecerán. Habrá proyectos que hoy parecen increíbles y que nunca conseguirán superar las barreras técnicas, regulatorias o comerciales necesarias para llegar al consumidor. Eso también forma parte de innovar.

Pero creo que estamos entrando en una etapa en la que la curiosidad va a ser una competencia profesional cada vez más importante: estar atentos, escuchar, preguntar…

Ir a una feria (en breve tenéis la nueva edición de Silmo con un espacio específico para ver todo esto: Futurology) y no visitar únicamente a los proveedores que ya conocemos.

Acercarnos a ese aparato extraño que no sabemos para qué sirve. Pedir una demostración. Leer sobre una empresa que está haciendo algo que nos parece imposible. Probar una herramienta de IA. Preguntar a otros profesionales qué están utilizando… Y, sobre todo, contrastar.

Porque innovar no significa decir que sí a todo. Significa tener suficiente información para poder elegir.

Y también significa cuidar nuestro negocio. Una óptica que se mantiene actualizada, que revisa sus procesos, que incorpora herramientas cuando aportan valor y que continúa evolucionando resulta más atractiva para sus clientes, para los profesionales que trabajan en ella y también como empresa de futuro.

En resumen…

Si algo me llevo después de investigar todos estos proyectos es que:

  • Me he dejado muchos, habrá que seguir indagando.
  • Tenemos por delante unos años tremendamente interesantes.

No sé cuáles de estas tecnologías acabarán formando parte de nuestro día a día, ni qué otras aparecerán que hoy todavía somos incapaces de imaginar. Pero sí sé que quiero verlas llegar, entenderlas, probarlas y descubrir hasta dónde pueden llevarnos.

Porque el futuro de la óptica no me preocupa, la visión sigue siendo un factor fundamental en el uso de todas estas nuevas tecnologías. Me genera una curiosidad enorme.

Y, visto lo visto, creo que tenemos motivos para estar entusiasmados.

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